Torremolinos
Málaga en invierno no es la de los folletos, y Torremolinos, bajo una lluvia que no daba tregua, parecía una escenografía olvidada que de repente cobraba un sentido profundo. Hacía dos años que no veía a mi viejo, setecientos días de reducir nuestra relación a una imagen pixelada en una pantalla, y encontrarme con él ahí, entre el viento frío que venía del mar y el golpeteo constante del agua sobre las veredas, fue como recuperar una parte de mi propia historia que estaba en pausa. Caminamos esquivando charcos, con el frío metiéndose por las costuras de las camperas, pero nada de eso importaba porque lo que yo tenía adelante era una revelación.
Lo vi bien, y esa palabra se queda corta para describir la transformación. Hay una paz que no se puede fingir, una forma de habitar el cuerpo que te dice que una persona finalmente encontró su lugar en el mundo. Lo vi feliz, con esa alegría tranquila de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Y el broche de oro, la noticia que terminó de darle color a ese día gris: se va a casar. Verlo proyectar, verlo armar un futuro en esa costa que ahora es su casa, me llenó de un alivio que me infló el pecho, aunque por dentro me estuviera desarmando.
Es una contradicción constante que te parte al medio. Por un lado, la satisfacción inmensa de saber que el tipo que más querés está en su mejor momento, iniciando una etapa nueva, con el corazón en orden y la mirada puesta adelante. Por el otro, ese nudo en la garganta que no te deja mentir: lo extraño un montón. Extrañarlo es como ese clima de Torremolinos, una humedad persistente que no se va aunque te metas bajo techo. Me volví a Oviedo con esa mezcla de sensaciones, el frío del invierno del Estado Español todavía en los huesos pero con la calidez de saber que, a unos cuantos kilómetros, mi viejo está viviendo la vida que se merece, pleno y acompañado, aunque yo tenga que aprender a convivir con su ausencia todos los días.

