Otra vez, Montmartre
El recuerdo de Montmartre no llegó de forma orgánica, sino provocado por un podcast. Una de esas ficciones documentales que se proponen empaquetar la vida de escritores, bajo la premisa de que sus tragedias personales merecen ser contadas. Como si el arte fuese siempre el subproducto previsible de una vida desordenada, lo cual es, por supuesto, una simplificación útil.
Pero, al margen de la mecánica, recordé Montmartre.
París fue, en su momento, un ejercicio de eficiencia. Una maratón de cuarenta kilómetros en un solo día a través de los puntos que la gente paga por ver. Una capital que nunca había deseado conocer, lo cual elimina el riesgo de la desilusión. Todo cumplía con su cometido: los monumentos, el río, las perspectivas. Bonito, supongo, aunque no logró el milagro de cegarme la vista.
Y sin embargo, Montmartre.
Lo que siento es una forma de nostalgia sin anclaje, una carencia que no se corresponde con el tiempo real que pasé allí. Me hubiese gustado haberlo conocido con más profundidad, pero ese deseo es una convención. Lo que realmente me pasa es un reclamo. Una frase absurda, pero precisa. Un lugar te reclama.
Es la misma resonancia sorda que había sentido en el desierto del Sáhara, y en Berlín. Con la diferencia crucial de que en esos otros lugares, había podido articular la conexión antes de llegar, establecer una línea racional de causa y efecto. Montmartre, no.
No soy de creer en cuestiones místicas. No tengo nada en contra, simplemente no lo hago. Sin embargo, no encuentro otra forma de etiquetar esta conexión. Esa conexión en sí misma.
Volví al podcast, y ahí estaba el pequeño detalle que mi memoria (siempre más interesada en la forma que en los hechos) había archivado mal: Montmartre y la Comuna de París. Uno tiene registro del episodio en la historia occidental, pero la ubicación geográfica, el dónde, se pierde en el desorden. Decidí que merecía la pena el esfuerzo de estudiar un poco, de imponer orden a un sentimiento anómalo. Porque el sentimiento, sin la geografía, no es más que una neurosis.
La colina de Montmartre, en su altura, fue central para la insurrección. Se convirtió en un símbolo de resistencia. Este estatus no pudo durar. Por supuesto, también tuvo su papel en el final.
Al final de la represión brutal, siempre queda un recordatorio. Para expiar los pecados de la rebelión, se decidió erigir en la cumbre la Basílica del Sacré-Cœur. Expiar. Lo que se hizo fue construir un monumento permanente, visible desde toda la ciudad, que simbolizara el triunfo del orden conservador sobre la revuelta popular. La arquitectura al servicio de la dominación.
Y ahí está la conexión. No .es solo encanto de un barrio bohemio, sino el conocimiento inconsciente de que en esa colina, algo fundamental e irreversible ocurrió. Que las estructuras de poder se rompieron por un instante, y que el costo de esa rotura fue medido y pagado en sangre. Esa es la clase de lugar que me reclama.

