Notas sobre la inercia
Esta es mi trinchera hoy, ¿alguien más está acá?
Son las diez y cuarto. La luz de la mañana entra en el patio con una insolencia que no logro procesar; es una luz blanca, plana, que parece denunciar que todo sigue exactamente donde lo dejé anoche. El primer mate ya está frío. El termo descansa a mi lado como un recordatorio de una intención que no llegó a concretarse. Fumo un cigarrillo y observo el humo quedar suspendido en el aire sin viento, una columna gris que es lo único que parece moverse en este perímetro.
Tengo la lista de tareas en la mente, una cartografía detallada de lo que debería estar ocurriendo: el ensayo que espera ser escrito, los chats que debería responder, el movimiento que el cuerpo me exige y que yo le niego. Las ideas están ahí, nítidas, casi táctiles. Puedo ver la estructura del texto, puedo oír las frases. Pero entre la idea y la mano que sostiene la lapicera hay un vacío de comunicación, una falla en la sinapsis que me mantiene anclada a la silla.
Se dice que la depresión es una forma de oscuridad, pero esta mañana es puramente lumínica. Es la claridad de saber que no voy a moverme.
Aspiro el humo y siento el sabor metálico del cansancio que no se cura con el sueño. Miro el jardín a medio arreglar, las herramientas que prometí usar y que ahora parecen objetos arqueológicos de una civilización que ya no soy yo. El disfrute, ese concepto que otros manejan con tanta soltura en sus redes sociales, se me presenta como un idioma extranjero. Entiendo la gramática, pero he olvidado cómo pronunciar las palabras.
Me digo que es temprano, que el día todavía puede ser salvado. Pero mientras sacudo la ceniza sobre el plato, reconozco el patrón. No es una falta de voluntad; es un cálculo de inercia. Mañana es un concepto abstracto. El presente es este mate lavado y la certeza de que el acto de terminar algo me obligaría a enfrentarme a lo que viene después. Y por ahora, el “después” es un territorio que no tengo el menor interés en conquistar.
Dejo que el cigarrillo se apague solo. La mañana sigue su curso, indiferente a mi parálisis, y yo me quedo aquí, registrando el modo en que el sol ilumina mis propios escombros.

