El andamio de carne
El despertador es un gallo de latón
que te pica los ojos antes de la aurora.
No es el sol lo que levanta las persianas del mundo,
es el frío de tus manos
buscando el pan entre los dientes de la máquina.
El capital tiene una lengua de inventario
y ojos de vidrio que no saben llorar.
Te mira el cuello, te mide el pulso,
quiere traducir tu cansancio en una cifra muerta,
en un metal que no tiene nombre de mujer.
Pero tu ternura es una política de sangre.
Una desobediencia que crece en el útero del sistema,
silenciosa como la raíz que parte el asfalto.
No sos la ayuda de nadie,
sos el andamio de carne que sostiene este cielo de humo.
¡Qué oscura es la oficina y qué clara tu fatiga!
Llevás una huelga grabada en los huesos,
una liturgia de tierra que el patrón no sabe rezar.
Que se caigan los despachos de mármol,
que se oxiden los relojes de la usura.
Al final, cuando el ruido del dinero se apague,
solo quedará tu sombra erguida,
incendiando con su peso la tarde de los cobardes.

