Diagramar
Lo que pasa entre un clic y el siguiente es un agujero negro. El tiempo ahí adentro no se mide, se estanca en ese circulito que da vueltas en la pantalla mientras espero que R. me mande las notas de la revista. Es una voluntad del procesador que me ignora mientras yo me quedo anestesiada mirando las guías cian. Esas líneas son la frontera entre lo que todavía controlo y el desastre de una página vacía. La espera se siente en el cuerpo; pesa como el mate lavado que tengo hace horas al lado del teclado y tiene el brillo sucio del monitor que me encandila en medio del silencio de mi casa.
En medio de ese sopor, el teléfono vibra sobre la mesa y desplaza un par de recortes de papel. Un mensaje de texto corta el aire: “Hacele la letra más grande”.
Así, sin sujeto, sin un “hola”, sin nada. Una orden seca que llega para dinamitar la arquitectura que intenté levantar entre mate y mate, sin tener todavía el texto que me debe. Vuelvo a la pantalla con la espalda cargada. Selecciono el bloque de relleno, busco el panel y le mando puntos para arriba. Veo cómo todo explota, cómo las palabras se amontonan y saltan de renglón rompiendo ese ritmo que me tomó una vida encajar. Para que la cosa no sea un caos total, le tiro el “Alinear a la cuadrícula”. Es un manotazo de ahogado técnico: ver cómo cada línea se pega a la fuerza a esa estructura invisible, obligando al desorden a sentarse derecho de una vez.
Vuelve el círculo de carga. Otra vez a esperar que R. termine de escribir o de adjuntar.
Aprovecho el bache y abro otro frente de batalla. Mientras el InDesign agoniza, desbloqueo el teléfono y entro en el grupo del cumple. Mensajes van, mensajes vienen; presupuestos de cerveza y ese ida y vuelta infinito con mi amiga para decidir si el centro cultural da o si falta alguien en la lista de invitados. Organizar un festejo mientras el trabajo se tilda es una forma de no volverse loca, de meterle algo de vida real a esta geometría rígida de la pantalla. En el medio, casi por inercia, subo una historia sobre la ley de glaciares, como si este caos fuera estético y no una lucha de nervios.
Y ahí cae el audio de R.
Cuarenta y dos segundos que retumban en la pieza. Una voz que disecciona la tapa y la contratapa como si hablara de algo que salió fallado de fábrica, pero ni una palabra sobre el envío de las notas. Que el título tiene que “respirar”, que a la parte de atrás le falta una vuelta de tuerca, una síntesis que no aparece por ningún lado. Escucho y, por puro reflejo, mi mano ya está moviendo objetos con la herramienta de hueco, tratando de no romper las proporciones. Es un manoseo constante: un milímetro para allá para que no moleste al ojo, tocar la transparencia de un color para que lo que dice la solapa no se hunda en el fondo. Mi amiga me manda un sticker de un gatito llorando por el tema de las bebidas y yo le respondo con un pulgar arriba mientras trato de que el color de la tapa no se me empaste.
El círculo de carga vuelve a aparecer. Sigo esperando el mail de R. con el contenido.
Me pongo a anotar cualquier cosa en la compu mientras el programa se queda tildado. Escribo sobre la fragilidad de estas estructuras que se vienen abajo por un audio de WhatsApp o un capricho tipográfico de alguien que ni siquiera me está viendo. Diagramar la tapa es vender una promesa; diagramar la contratapa es ver cómo hago para cumplirla sin que se note el pegamento. Y en el medio yo, operando los comandos para que las letras esquiven la imagen, como si las palabras fueran agua tratando de pasar por arriba de una piedra en el río, mientras el reloj corre y las notas de R. siguen en el limbo.
Al final, el archivo se guarda y llega, por fin, una nota. El silencio vuelve a invadir la casa, interrumpido solo por el zumbido del ventilador de la compu que parece que va a despegar. La letra ya creció, la tapa cambió de piel y la alineación es perfecta. El cumple ya tiene fecha y mi historia de Instagram tiene un par de corazoncitos. Pero en toda esta supuesta prolijidad, lo único que siento real es el rastro de esos mensajes cruzados que me llevaron de las narices y el espacio en blanco que quedó flotando entre ellos.

