Desvanecer
Un rastro de humo en la clavícula,
la luz de la mañana entra como un daga oxidada.
Tenés las manos sucias de barro y de milagro,
y en la boca, el calor salado de lo que ya se está yendo.
No me pidas la luz intacta, mi amor,
no vinimos a este mundo a guardar el sol en un frasco.
La felicidad es apenas un ciervo despavorido
que cruza la noche de la carne y se pierde en el monte.
El verdadero misterio no es el fuego cuando arde,
sino la gracia ciega de la ceniza enfriándose en el pecho.
Es este sudor dulce que se seca en tu espalda,
el perfume a vino rancio en las sábanas deshechas,
el segundo exacto en que la dicha se deshilacha
y nos deja hambrientos, descalzos, sagrados.
Te beso en la llaga, despacito,
mientras el milagro se vuelve humo entre los dedos.
Porque estar vivos no es sostener la copa llena,
sino beber la gota que cae
y ver como se la traga la tierra.

