Calma
Afuera es otoño, pero el sol de Buenos Aires conserva esa cualidad agresiva y blanca que ignora el calendario. Te quema la piel con una insistencia técnica, una advertencia de que el orden natural de las estaciones se volvió, como tantas otras cosas, una sugerencia ignorada. Me quedé en el patio con un mate y un ejemplar de Vivian Gornick, intentando habitar el espacio entre el calor y la sombra, hasta que la luz se volvió punzante y el clima me obligó a retroceder hacia el interior.
Esa retirada hacia la cocina me enfrentó con la inercia propia de un sábado. Había una intención (la intención es siempre el primer borrador de la derrota) de arreglar el jardín, pero el pasto estaba húmedo y la máquina se atoraba con un gemido mecánico cada vez que intentaba forzarla. El jardín decidió quedarse como estaba. Después de todo, hay una regla no escrita que dicta que las tareas domésticas no se hacen los sábados; es una ley del sedimento, el respeto por la resaca de lo que quedó del viernes. Ante el fracaso del orden hogareño, solo me quedó prender la radio.
Es un programa que busco siempre, donde se disecciona la política, los feminismos y la cultura. Hoy habla Mauricio Kartun sobre el teatro como un espacio de resistencia, una trinchera del convivio frente a la insistencia de las pantallas. Mientras su voz traza esa cartografía de lo colectivo, yo me hundo en lo privado a través de Gornick. Leía el capítulo sobre la Autoconciencia en Por qué algunos hombres odian a las mujeres y, de pronto, las paredes de mi casa parecieron ceder. Me encontré ahí, en un living que bien podría haber sido el de Marylin o el de Jane, metida en medio de una charla de hace décadas sobre el síndrome del impostor y la competencia como estética laboral. Me sentí acompañada en ese ejercicio de desarmar la realidad; ellas le daban nombre al asedio y yo, desde mi silla, recuperaba el aire.
Fue en ese momento, entre la radio y el libro, que advertí la anomalía: no tengo ansiedad. La ausencia de un síntoma suele ser más reveladora que su presencia. Depresión, tal vez; esa vieja conocida que se sienta en la esquina de la habitación como un mueble pesado. Pero el ruido blanco de la ansiedad se disipó, dándole paso a una calma parsimoniosa que no termino de entender, pero que me permite proyectar el día sin peso. Recordé entonces esa idea de Borges: “Buscar la serenidad me parece una ambición más razonable que buscar la felicidad. Y quizá, la serenidad sea una forma de felicidad”.
Esa ambición razonable, esa tregua climática y mental, es la que me va a llevar, más tarde, a sentarme con amigos a hablar sobre el primero de mayo. Es una fecha que nos obliga a pensar el trabajo no como rutina, sino como historia, uniendo mis lecturas de la tarde y la resistencia de Kartun con el pulso de la calle. Intuyo que buenas cosas pueden pasar. Incluso la perspectiva de la noche, el cumpleaños de una amiga donde veré a personas que hace mucho no cruzo, ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una posibilidad.
Sentir calma es, para mí, un territorio extranjero. Por lo general, mi estado anímico me dice que me estoy olvidando de algo o que el tiempo me debe una explicación. Pero hoy, habitar el peso de estar en el mundo se ha vuelto algo liviano. Quizás la lucidez consista simplemente en esto: entender que una puede cerrar un libro, dejar el jardín sin podar y salir a la noche sabiendo que, por fin, esa serenidad borgeana se ha vuelto realidad y nada está fuera de lugar.

